nada por aquí, nada por allá…

escrito de Josep Llinás (1989)

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Posiblemente para satisfacer a la persona o ente que lo encarga hay ar­quitectura que se fundamenta en la exhibición de los instrumentos que la determinan: arquitectura en cuanto a exhibición de poder económi­co, de medios técnicos, de conocimientos históricos, de remiendos compositivos; mira cuánto dinero, mira cuántos tubos de instalaciones, mira cuántos ejes, cuántos pilares o cuántas molduras…

Pero hay otra manera de hacer edificios, quizá no tan ligada a ser­vidumbres profesionales o a un cierto concepto del trabajo, en la que precisamente de lo que se trata es de neutralizar y hacer irreconocibles esos instrumentos. En ella, y tal como sucede en las actuaciones de los magos, es fundamental que los instrumentos con que se auxilia perma­nezcan invisibles y que no se aprecie esfuerzo o dificultad alguna en la ejecución del prodigio. Nada por aquí, nada por allá: un edificio; o una cuerda se convierte en un paraguas.

Decía John Cage que él no componía con notas musicales sino con ruidos; podría decirse de Alejandro de la Sota que él no proyecta con sis­temas compositivos sino con materiales, como sucede con Mies; ello le permite olvidar la arquitectura y detener la forma en la construcción. Pero Alejandro va un poco más lejos: retuerce los materiales; convierte una cuerda en un paraguas.

¿Qué es sino coger una cercha e invertirla respecto a su posición con­vencional para hacer utilizable la azotea, corno hace en el gimnasio Ma­ravillas? ¿O colocar una plancha Robertson a rompejuntas como si se tratara de un despiece pétreo en el edificio de correos de León y a la in­versa, colocar un aplacado pétreo en el Gobierno Civil de Tarragona con la dimensión mayor en posición vertical? ¿O hacer puertas como tabi­ques y tabiques que se mueven —bailan— en sus distribuciones? ¿Y que pasa con la silla —hay que verlo— que con un pequeño balanceo y ante la estupefacción del espectador se convierte en una tumbona, el respaldo en el suelo, el asiento en el respaldo?

Cuando una vez, en obras del Gobierno Civil de Tarragona, le pre­gunté por qué todas las aristas verticales de yeso estaban redondeadas, me dijo más o menos: porque a los albañiles les gusta mucho hacerlas en ángulo vivo para exhibir su destreza. Ni siquiera la construcción es visible en sus obras.

Si no hay arquitectura, no hay construcción, ¿qué queda en los edi­ficios de Alejandro de la Sota?

Nada por aquí, nada por allá… Queda la inteligencia y la sensibili­dad, la cultura y el humor y el virtuosismo de mago, tanto más virtuo­so cuanto menos arquitecto.

Josep Llinás (1989)